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“Hay que bajar a Internet del pedestal en que la subimos”

En el ensayo la investigadora Natalia Zuazo desgrana los elementos que componen las conexiones entre la gente y la red de redes. Plantea que la relación esconde varios mitos y que las libertades y derechos de las personas están, cuando menos, en disputa.

Por Lucía Álvarez

Cuando empezaba a escribir su libro, Natalia Zuazo les pidió a distintas personas que dibujaran a Internet. Aunque con diferencias, casi todos ellos coincidieron en lo mismo: representarla como algo etéreo, algo fuera del mundo. Y así, su investigación, que iba a estar dedicada a los sistemas de espionajes de los Estados y los usos de las empresas sobre los datos personales, a esa zona gris sobre la que alertaron Edward Snowden y Julian Assange, finalmente comenzó por otro lado: por tubos, cables, hombres y edificios.

Zuazo se dedicó a reconstruir a la internet real y material. Un gigante de 2000 millones de usuarios por día que necesita rutas submarinas despejadas, gente que sólo trabaje pensando hipótesis de crisis y decenas de miles de kilómetros de cables. Lo hizo con un objetivo muy preciso: mostrar que en esa capacidad de volverse omnipresente e invisible radica gran parte de su poder.
“Hasta las revelaciones de Snowden en 2013 dominaba la visión más optimista, Internet como un espacio democratizador.

Snowden no fue el primero en decirlo pero sí en mostrar los documentos. Es el que sale a decir en el New York Times que Estados Unidos no solo espía afuera, sino adentro. Entonces, los activistas advirtieron que las empresas también recaban información personal y hacen perfiles, no sólo de nuestros consumos sino de nuestros movimientos o preferencias políticas. Fue una alerta general. Pero a mí me pareció que para llegar a eso, había algo previo que entender, que era la materialidad de Internet. Porque si no seguimos discutiendo sobre un objeto casi mágico, que no cuestionamos, y que nos asusta. Por eso el libro empieza así, diciendo que hay que bajar a Internet del pedestal, a esa idea religiosa de la tecnología, que está tan instalada”, explica a Tiempo Argentino, Natalia Zuazo, politóloga, periodista y autora de Guerras de Internet.

-¿Y qué revela la descripción de esa materialidad?

-Permite ver cosas concretas y sencillas: en principio, quiénes son los dueños. Primero, de la infraestructura, de los caños por donde pasan nuestros datos diariamente. El 72% pertenece a una empresa que se llama Level 3. Después, de los data center, que en general también son un espacio concentrado, aunque dependa de cada país. En Argentina, el 70% de los ciudadanos tiene tres proveedores: Telefónica, Telecom o Fibertel. Cuando te alejas de los centros urbanos hay otros proveedores pequeños, pero la mayoría está concentrada en Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, donde hay más usuarios y donde se puede pagar más. Y más allá de la infraestructura, también hay concentración. En este momento, en cualquier lugar del mundo, la gente está usando cinco plataformas: Microsoft, Yahoo, Google, Facebook, Amazon. Empezar por la materialidad tiene ese sentido: señalar que estamos ofreciendo nuestros usos, datos y vida cotidiana a un puñado de empresas. Y nosotros, que cuestionamos al poder político, le pedimos rendición de cuentas, nos enojamos si nos esconden información, ¿qué rendición de cuentas le estamos pidiendo a la tecnología?

-¿Por qué decís que Internet es “una cadena de decisiones humanas”?

-Empecé el trabajo yendo a las estaciones de amarre. Son dos estaciones, una en Las Toninas y una en Punta Chica, edificios que quedaron enormes porque se construyeron en los ’90 cuando se pensaba que iba a ocupar mucho espacio, pero sucedió lo que pasa con toda tecnología: cada vez se achica más. En esas estaciones, trabajan cuatro ingenieros. Es eso: son cuatro tipos que manejan toda la información, y que tienen la función de chequear que Internet trasmita. Cuatro tipos que están metidos en un datacenter, que es como un supermercado vacío, con estanterías de metal por donde pasan los datos. Pero después, Internet está en la ciudad. Estamos parados encima de ella, la información circula debajo de los edificios y en las terrazas, porque los consorcios alquilan lugares para poner repetidores. Todo eso nos rodea. Cuando entendés la materialidad de Internet, entendés el espacio que ocupa y cómo funcionan las cosas. Si no te quedas, con el ‘me funciona o no me funciona’ y necesitas de un otro para encontrar la solución.

-En el libro decís que la tecnología produce dos sensaciones: temor y libertad. ¿Al hablar de guerra te sitúas en uno de los dos polos?

-No. Fuera de esta idea de la Internet democratizadora y libertaria, que por supuesto no coincido, tampoco me interesa el otro extremo, el de los militantes anarquista que proponen salirse del sistema para no ser controlados. Esa es una posición antipolítica. Por ejemplo, en el tema de privacidad de los datos, hay quienes postulan que se usen nuestros datos, pero que nos paguen por usarlos. De hecho, hay una empresa que se llama Datacoup. Me parece una idea bastante difícil de sostener. Después hay otros que dicen, ‘a mí no me importa porque no tengo nada que esconder’. Esa es otra opción anti política. Para mí hay una tercera opción que es ver qué pasa con tus usos tecnológicos diarios, ver qué está pasando con esos datos, y elegir qué usar y bajo qué condiciones. Demanda más tiempo y compromiso, pero es lo mismo que con la política. Si sos un ciudadano que vota una vez cada cuatro años y después se olvida de lo que pasa en el país, dejás la política en manos de otros.

-¿Desconectarse no es una opción?

-No, en términos generales obviamente que no, pero sí en ciertos momentos. Tiene que ser tu opción y no algo tomado por otros. Hay una libertad cada vez más estrecha, eso es cierto. Pero al mismo tiempo, toda la información está disponible en los términos y condiciones. Pero leer todos los términos y condiciones de todos los servicios que uno usa durante un año demanda entre 200 y 300 horas cada año porque los actualizan todo el tiempo. Entonces, la gente prefiere no leerlo, darle a todo que sí.

-¿Y dónde se educa hoy a los consumidores de Internet sobre estas opciones?

-Esto no se dice. En principio, porque el periodismo de tecnología está muy centrado en la novedad, en el consumo, en el nuevo gadget. Es un periodismo muy consumista, muy publicitario y está bien que así sea, porque es una de sus funciones. Pero me parece que se corre demasiado atrás de la misma idea: ‘comprá esto que esto te va a resolver la vida’.

-Vos hablás del control y del espionaje, pero también decís que Internet es un poder sin un plan maestro, ¿por qué?

-Porque creció caóticamente. Y esa es la parte linda de Internet, siempre va a tender a la innovación. Se construye red a red, nodo a nodo. Y cada vez que hay un intento de control, hay un intento de apertura. Cuando bajan una página de Torrents por una demanda de copyrights inmediatamente hay una página nueva que replica ese contenido. Esa es la parte abierta de Internet, pero eso se garantiza mientras existan otras posibilidades, mientras haya gente que pueda crear otras plataformas. En algún momento, Internet necesitó construir un modelo de negocios. Tomar los datos para hacer perfiles y venderles lo que esas personas necesitan. Ese fue el modelo con el que se financió mucha innovación a partir del año 2000.

-Mencionás la fantasía de que Internet es gratis.

-Es otro mito. Empezando porque le pagás por un servicio, y siguiendo porque en tus usos cada dato que dejás es un insumo comercial para la compañía. Google es la empresa de publicidad más grande del mundo, no es un servidor gratuito. Cada vez que vos tipeás algo, Google está diciendo que las personas que viven en la Ciudad de Buenos Aires están interesadas en tal cosa o tal otra. Nada es gratis.

-¿Cuál es el problema de que tengan mis datos si no tengo nada que ocultar?

-Hay mil elementos por los cuales te interesa tu privacidad, porque importa por sí misma y porque es una garantía para que puedas vivir en un sistema democrático. Aunque no tengas nada que esconder, no das tus contraseñas o dejás abierto tu mail. Hay una esfera privada de la vida, y lo mismo se traslada a la esfera digital. En Internet, igual se juegan otras necesidades, de visibilidad, de ego. Hay muchos estudios que muestran que ver todo el tiempo lo que les pasa a los otros tiene consecuencias. «

Ventajas y desventajas del voto electrónico

Los debates sobre cómo usar la tecnología y qué tecnología usar, advierte Natalia Zuazo, permite evitar comprar fórmulas en caja cerrada, sin conocer su eficacia o su viabilidad, como sucede con dos temas muy actuales: la videovigilancia y el voto electrónico. “Son sistemas comprados con llave en mano. Nadie se pregunta cómo funcionan por adentro. ¿Nos explicaron cuáles son las opciones para que nosotros podamos elegir? ¿Qué pasa con esa máquina cuando procesa un voto, cómo cambia el resultado de la elección? No, nos dicen esto es lo mejor, cómpralo y nos hacen un videíto hermoso, una campaña de marketing hermosa y lo compramos porque el lindo y porque es eficiente y rápido. Es carísimo, pero eso no importa”, advierte Zuazo.

El mundo virtual es de los varones

“Guerras de Internet” muestra que el mundo de las telecomunicaciones es un espacio de poder dominado por lo masculino. En Argentina, no hay casi ingenieras mujeres en los datacenter y el panorama es mucho más severo si se miran los dueños de las empresas. A nivel mundial, un hito en ese sentido fue la designación de la informática Marissa Mayer como CEO de Yahoo. Sin embargo, como la empresa estaba en baja, recuerda Zuazo, los medios de comunicación destacaron el modo en el que había humanizado los procesos de contratación y despido.
Fuente InfoNews

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